Guardar el vino y las botellas abiertas
Fresco, a oscuras y sin cambios bruscos
Casi todo el vino está pensado para abrirse joven, así que no necesitas bodega. Un armario fresco y oscuro, la nevera y un buen tapón hacen casi todo el trabajo.
Última actualización: Borrador
Antes de abrirla
Al vino le va bien un rincón fresco, oscuro y estable, idealmente a unos 10–15 °C, aunque más que la cifra exacta importa que la temperatura no varíe. El calor y los cambios bruscos son lo que más daño hace: aplanan la fruta, y una racha de calor fuerte puede llegar a empujar el corcho hacia arriba. Así que descarta la parte de arriba de la nevera, el armario junto al horno y, sobre todo, el coche aparcado al sol. Un armario bajo, lejos de las paredes exteriores, o el fondo de un ropero suelen servir. Protege también las botellas de la luz directa del sol, sobre todo las de vidrio transparente.
Las botellas con corcho que pienses guardar durante meses deben ir tumbadas, para que el vino mantenga el corcho húmedo y bien ajustado. Con tapón de rosca no hace falta: pueden quedarse de pie.
Guardar una botella durante años no mejora la mayoría de los vinos. Los estilos de diario, como los blancos jóvenes, los rosados, el Prosecco y los tintos jóvenes, están pensados para abrirse en uno o dos años, cuando están más vivos. Solo algunos vinos mejoran con el tiempo, como ciertos Reservas y Gran Reservas, y aun así depende de cómo se hayan guardado. La nevera de casa vale para unas semanas, no para años: a la larga es demasiado fría, y su aire seco reseca los corchos.
Una vez abierta
En cuanto abres una botella, el aire se pone a trabajar sobre el vino. En unos días los aromas se debilitan, el sabor se vuelve apagado y, si pasa el tiempo suficiente, el vino se agria camino del vinagre. Unos cuantos hábitos lo retrasan:
- Vuelve a cerrar la botella en cuanto sirvas, con su corcho, su tapón de rosca o cualquier tapón reutilizable.
- Guárdala en la nevera, sea del color que sea: el frío frena los cambios que provoca el aire. Saca el tinto un poco antes de servirlo para que no esté demasiado frío (mira las temperaturas de servicio).
- Cuanto menos aire quede sobre el vino, más dura. Si sobra poco, aguanta mejor en una botella más pequeña y limpia que quede casi llena. Guarda las botellas abiertas de pie.
- Para los espumosos, usa un tapón para espumosos de verdad, de los que se enganchan al cuello, porque el corcho original ya no cabe en la botella. Lo de meter una cucharilla en el cuello es un truco muy popular, pero probablemente sirve de poco: lo que de verdad ayuda es el frío.
Cuánto dura una botella abierta
Bien cerrada y en la nevera, una botella abierta suele mantenerse agradable, más o menos, este tiempo:
| Vino | Aguanta |
|---|---|
| Espumoso, con un buen tapón | 1–3 días |
| Blancos y rosados ligeros | 3–5 días |
| Blancos con más cuerpo y tintos | 3–5 días |
| Fino y Manzanilla | 2–3 días |
| Pedro Ximénez y otros vinos fortificados dulces | Unas semanas |
| Bag-in-box (caja con bolsa) | Varias semanas |
Cada vino es distinto: algunos tintos jóvenes y firmes parecen igual de buenos al segundo día, mientras que los vinos delicados o muy viejos pueden apagarse en cuestión de horas. El Fino y la Manzanilla, pálidos y muy secos, pierden sorprendentemente rápido su frescura salina, de brisa marina; en cambio, el Pedro Ximénez, oscuro y denso, es mucho más resistente. El bag-in-box aguanta porque la bolsa se encoge a medida que se sirve, así que apenas entra aire; mira si la caja lleva alguna fecha impresa. Y, sobre todo, fíate de tu nariz.
¿Se ha estropeado?
Normalmente te lo dirán la nariz y la vista. Fíjate en esto:
- Un olor agrio a vinagre, o parecido al del quitaesmalte.
- Un sabor plano y cansado, o un olor a manzana golpeada, en un vino que no debería tenerlo. Algunos estilos, como el Amontillado y el Oloroso, tienen que saber a frutos secos; un blanco o un rosado joven, no.
- Un color que tira a marrón: un blanco que pasa a dorado intenso o ámbar, un tinto joven que se vuelve color teja.
- Un cosquilleo de burbuja en un vino que no es espumoso, salvo que se haya hecho a propósito con un leve punto de burbuja, como algunos blancos jóvenes. Puede indicar que el vino ha vuelto a fermentar en la botella.
Un olor a humedad, a cartón mojado, es otro problema: probablemente el vino estaba acorchado desde el principio.
Un vino solo un poco cansado no tiene por qué desperdiciarse: todavía puede ir a un guiso, a un risotto o a una salsa. Pero si ya huele a vinagre o a humedad, más vale tirarlo, porque esos olores acaban pasando a la comida.